Mi ciudad, a mi modo

Santo Domingo amanece diferente, totalmente diferente, el aire era un tanto extraño cargado de nuevas cosas, de nuevas experiencias, malhumores, preocupaciones, desahogos, confesiones y me siento tan inmersa en el tumulto de cuestiones que no logro configurar aún mi memoria con la cantidad de información alterna. Es como una especie de tejido, es solo una carga de energías que poseen sobresaltos y pormenores, como el tiempo se ha ido llevando los desniveles de aliento hasta colocarlos en un cumulo de escaparates dispersos.


Los relojes marcan las horas, las mismas horas de todos los días de mi agitada vida, pero el sentimiento es diferente, es tan positivo que rompe con los esquemas prediseñados por el ambiente extremo, yo puedo zozobrar pero existe una corriente que quiere avanzar muy por encima del desgaste visual y profundo. Ahora bien me puedo enfrentar al ruido exagerado de esos nuevos tumultos, pero se levanta todo compuesto por el aire igual que siempre, las caminatas llenas de reflexión pasajera y clandestina conmigo, la visión rápida por el cristal o el aire.

Las calles siguen siendo iguales, algunas tan perfectas que no parecen reales, otras tan incomodas que solo producen espanto, pero así es aquí, así es cuando se llenan de miedo mis ojos y solo puedo augurar pensamientos, sensaciones diferentes en el transcurso del día completo en el que vuelvo a casa por las calles desiertas o pronunciadas para perderme en un letargo en el sueño de la noche corta que me devuelve de nuevo un día en mi ciudad.
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