En el banco

Visitar una sucursal bancaria en el interior de la República Dominicana puede ser una experiencia común y corriente para muchos, en cambio para otros se puede convertir en una delicia.

Nunca había visto tanta gente en un banco del estado. Esa mañana, me disponía a cambiar unos cheques, pero al ver la fila, no sentí deseos de quedarme, quise marcharme, aún así tenía una obligación. Sin mediar mucho, por no tener otra alternativa, me coloque en la fila.

El vigilante de la puerta era muy amable, no paso mucho tiempo y note que todos se conocían, era lógico se trataba de una provincia muy productiva. Estaban brindando té y los clientes que arribaban al lugar eran invitados a tomarlo, luego ofrecieron café.

Un señor en la fila, en tono de burla, entre risas y ocurrencias, dijo que lo prefería con galletitas y si no era de esa forma no lo tomaría, bajo estas condiciones avanzo la fila, sin darme cuenta tenia ahí una hora y media, me sentí muy bien al ver que los minusválidos y los envejecientes recibían un trato muy especial.

De repente escuche una voz entre infantil y anciana que dijo “Muy buenos días”. Todo el mundo giro para ver quién era, se trataba de una niña de apenas dos años por no decir menos, para todos fue una agradable sorpresa, fue una acción muy aplaudida por los visitantes del banco esa mañana. Solo otra cambió mi humor en contraposición con aquello. Una joven que se encontraba a dos personas detrás de mí, insistía en que debía ser atendida primero y más rápido que todos esos “viejos”, porque ellos solo hacían que ella perdiera tiempo.

Me llene de ira e impotencia, pues ese comentario me toco un hilo frágil, me quede callada en un principio tratando de buscar la forma y el momento más adecuado para desahogarme, y créanme lo encontré unos minutos más tarde. Mencione a modo general el hecho de muchas personas jóvenes no creen que en algún momento llegaran a ser mayores sin contar que sus padres, sus abuelos, es decir, sus seres queridos merecían respeto por esta bella condición, privilegio de la vida.

La joven me miró y no dijo ni media palabra, es increíble como una niña de dos años mostro más inteligencia y buena educación que una joven irreverente y mediocre al referirse a las personas de mayor edad. El sabor de ese Buenos Días por la niña de dos años, aún sigue provocando en mi rostro una gran sonrisa.

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