17a para ver el amanecer

Encontré el motivo que hacía falta para iniciar un nuevo camino, porque las lecciones aprendidas van carcomiendo positivamente todo aquello adverso. No es igual el alma que habitó el cuerpo de ayer, esta de ahora dejó un pesado costal fuera de servicio y se dispone a llenar el otro con nuevas experiencias.

Me di cuenta de las casualidades, sus consecuencias y sobre todo empecé a notar los afanes, las salidas, huidas, interfaces, los canales incongruentes, esos que siempre he visto y han sido el motivo ciego de mis inspiraciones. Es cierto, para iniciar no importa lo que piensen de ti, si al fin y al cabo nadie te conoce realmente.

Justo a media noche pasando por la rambla de la ciudad de Montevideo, tuve una conversación aérea, pero trascendente con el taxista que me llevaba al aeropuerto, fue una réplica distorsionada de la que había tenido con el señor simpático que me recogió al llegar.

Entre comparaciones culturales y descubrimientos ambiguos, llegamos. Esta vez las luces y la percepción de todo era diferente, ya Santo Domingo me parecía un antiguo amigo, eterno compañero de la niñez, en cambio la capital Uruguaya me empezaba a seducir, no se con que motivos, pero al final lo entendí.

Llegue a tiempo para realizar mi registro del vuelo programado para la madrugada, con tantas expectativas, imaginando contemplar el amanecer y estar en mi tierra al medio día aproximadamente, no era una distancia corta, debía atravesar todo Suramérica para llegar a casa.

A medida que avanzaba la fila me dedique a observar las caras distantes de los pasajeros, añorando ver de cerca a los míos. Al terminar mi turno pregunte hacia dónde dirigirme, pues también quería ir al baño, una joven me indico unas escaleras y subí. El lugar era tan acogedor que me dispuse a descansar, no me di cuenta de las horas, asumí que todo estaba en orden, no entendí hacia donde se fueron los demás, pero mientras me olvide del mundo, camine y busque por todos lados la forma de calmarme y vivir.

Me volví a sentir extraña no sabía dónde estaban los demás pasajeros, estaba segura que había puesto la hora correcta en mi reloj y no había ningún problema, pero no sé como baje apresurada, y alcance a ver una de las chicas que hacia el registro con su radio en mano, caminando presurosa, al verla le pregunte que donde estaban los demás, ella notablemente sofocada al verme dijo por la radio: -ya la tengo.

Las primeras palabras que salieron de su boca fueron: El avión estaba a punto de despegar, se va en un minuto. Traduciendo un poco, eso significaba que si no corría, me quedaría quien sabe para cuando, pues no había vuelos programados para ese día.

Yo incrédula la seguí, pero al ver su premura el corazón empezó a bombear la sangre más de prisa, pase por migración a toda prisa, me sellaron el pasaporte y de ahí en adelante mis pies hicieron el trabajo, corrí tan rápido que al llegar a la puerta no podía ni respirar, no solo por el incidente, sino por la vergüenza. Creí que esos episodios solo se veían en las películas de acción, pero había llegado mi hora para experimentarlo. Una azafata me ayudo con la maleta e hizo el maratónico recorrido junto a mí.

Presagio del destino mi numero favorito el mismo que había tenido en la cabina de Internet esa noche y el número que me tocaba de asiento ya no eran el mismo…mi 17a había sido cedido a algún corazón ajeno a la ventanilla, donde iba a contemplar el amanecer.

Mi nuevo asiento fue al lado de una pareja madura, quienes conversando y durmiendo concluyeron la primera parte de su viaje. Yo decidí tumbarme en el asiento, respirar, soltar la presión y dejarme llevar como un ave en pleno vuelo, esperando con ansias hacer la primera escala, desligarme de los pasajeros fríos que habían robado mi asiento.

Una vez concluyo el tortuoso aterrizaje empecé a sentir el calor caribeño, mis colores volvieron al rostro y la travesía hacia el sur había llegado a su fin…por el momento.

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