El inmigrante

I

El inmigrante

Se cubre la cara, mientras las lágrimas se acumulan en el pecho. Cruza la calle. Esboza una sonrisa uniforme cuando descubre animales bípedos.
Llora a carcajadas, mientras deambula por los sueños construidos. Su escolta de ángeles en resguardo, de vez en cuando se entretienen con sus ocurrencias en el tránsito.
Compra frutas en el mercado. Con aceptaciones y desacuerdos se retrasa.  Su sol a media asta aparece en la ventana.
Vende las frutas, el pan y los muebles. Las irónicas confusiones del lenguaje, se enredan con su pelo.
La metamorfosis reciente hace añicos las pasadas. De su capullo germinan flores a destiempo.
Se duerme memorizando palabras. La soledad se instala en un rincón, para mecerse con cualquier desbalance.
Conversa animadamente con sus homólogos. Ni huidas, ni exilio, ni luna en cuarto menguante. Vasos llenos de delirio. Incoherencias descomunales. Arrebatos raídos. Suerte envuelta en bolsas de café.
Muerde el hastío. Calma la ansiedad sin tocar panales. Se encumbra con el aire prestado.
Pierde los estribos con el algodón del parque y se calma con el estruendo de la música de moda.
Sin haber agonizado de su destierro, enciende un cerillo, busca una vela, cruza los dedos y se duerme.
Las señales de humo adquieren rigidez. Tocan la puerta.
Se levanta, abre los ojos y en sus manos tiene algo. Las descubre pintadas con el color de las plantas que sembró ayer.
Sale, cierra la puerta y pinta el día con ellas. 
Por Mairelys Domínguez Pichardo
Imagen: Corbis 2012
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