El suspiro

Me he subido a por lo menos 1,500 carros públicos* o carros de concho en Santo Domingo. Cada uno representó una experiencia diferente. Solo un transeúnte con alas y con una sola opción conoce lo difícil que es andar en uno de esos. Pero más que nada son las circunstancias, porque la mayoría opta por andar perfectamente en un motochoncho, en una bicicleta o en una yipeta*. Esta última es la aspiración de casi todos. La mejor opción para mí siempre fue un cepillo (Entiéndase por cepillo, volkswagen o escarabajo).

Hoy precisamente recuerdo El suspiro, así se llamaba el carrito feo de papi, el que todos le mandaban a cambiar, el que se puso celoso cuando llego aquel Toyota azul claro y automático. Una fuerte competencia para el suspirito. Ese carrito azul sin nombre, no duro mucho y solo se dejó manejar por mí un par de veces. Mi hermano tenia ventajas sobre mí, pues como experto de la mecánica  sabia conducir en carros con cambios de velocidad.

Recuerdo el día en que por fin conduje el suspiro en un solar vacío. Tenía apenas dos clases de manejo en una escuela de chóferes. Decidí hacerlo así porque las teorías del Sr. Domínguez no encajaban con mis métodos de enseñanza. A todo esto la referencia era mi hermano, que aprendió solo como él. La cuestión es que al parecer, mi actitud lo convenció al final. Un domingo, decidió sacarme a dar par de vueltas en lo que ahora debe de ser una urbanización. Cloche y freno; cloche y freno; eran sus palabras, mientras el sol calentaba la carrocería y el miedo de mis huesos.

En un abrir y cerrar de ojos, me había subido en una montañita de arena y se suponía que yo debía sacarlo de ahí, de reversa. Imagínense mi cara, al ver la complejidad del asunto y con solo dos clases en la escuela de choferes ubicada frente al estadio Quisqueya donde apenas había dado dos vueltecitas, subiendo la Ave. Tiradentes y doblando frente “Obras públicas” para ingresar nuevamente al estadio.

El asunto es que mi padre amado, me dijo que debía bajar el carro de ahí, pues el suponía que ya en la escuela me habían enseñado algo tan básico como eso. Cuanta presión en mi subconciente, no se imaginan las gotas de sudor que corrieron por mi frente, al punto de mojarme todo el cabello. La buena noticia es que al final lo logré. Baje de la montañita muy orgullosa. Que conste el carro se me apagó varias veces…
Imagínense, después de acumular toda esa tensión, solo quería salir de ahí, llegar a casa y no conducir por lo menos en un año, pero el sabor de la adrenalina me embriagó, como la  gasolina en el tanque. Los camiones pasando en calles estrechas, los motoristas y la gente me asustaban. Yo pienso que el miedo a los motoristas no ha pasado, pues según mi papa la importación de motocicletas en República Dominicana, es un invento de los orientales para matar la población de a poco. Carcajadas internas vienen hacia mí.

Pienso en esto, mientras estoy tan lejos. Ahora solo conduzco mi bicicleta, llamada Mafaldita, pero nombrada de este modo pocas veces. Si hoy salgo en ella juro que la bautizaré nuevamente.

Los que entienden estas circunstancias, saben que andar en Santo Domingo al volante significa ser un héroe. El título de héroe se lo adjudico a uno de mis creadores, por ser maestro del oficio. Les parece poco haber costeado la educación de todos sus hijos con un volante y flores. Yo acabo de descubrir su truco, es que ambos oficios tienen algo de dulzura impregnada.

Bueno en este punto, dejo la nostalgia detrás y les contaré el triste final. Una tarde, el suspiro fue descuartizado y sustituido por un nuevo carro color café, bautizado como el Brownie. Yo no soy amante del dulce, me inclino más por el chocolate, ahora bien si de carros se trata, no hay brownie que supere el dulce sabor de ese Datsun 120 I en nuestras vidas. 




Carros públicos: Colectivos o taxis urbanos en latinoámerica.
Yipeta (jeep-eta): Dominicanismo que significa Vehículo todo terreno.


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