Introducción

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La incertidumbre nació hace tres años. El tiempo vuela y con él tantas cosas. Es lo normal cuando nos imponernos cargas, desafíos, decepciones o suspensiones. Retumba esa última palabra en mi vocabulario.

Ha de ser por las horas amargas de la lluvia dibujando abrazos en la distancia. O será por aquella sombra reflejada en el camino angosto cuando entro el invierno. En realidad no sé cómo ocurrieron los hechos, de lo que si tengo certeza es de esperar un vuelo caminando de un lado a otro en el aeropuerto. Tengo certeza de las lágrimas derramadas en un cuarto oscuro. Siento la brisa golpeando mi cara mientras observamos la ciudad desde el cerro. Me pregunté mil veces qué hacia aquí. Esa pregunta se corresponde con las veces que crucé el puente en dirección al campus o con el color intenso de la primavera cuando me descubrió con 28, 29 y por fin los 30 años en el sur del mundo. Las luces de los reflectores de algunos bares donde me sentía como pez en el agua. El paisaje repleto de parrones de uvas. Las hojas del plátano oriental invadiendo las calles en el otoño. Mi insolación caminando por el centro a las once de la mañana víspera de navidad. El vino en su esplendor, el olor del asado, los ojos verdes, marrones, transparentes.

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