El Santiago que me gusta

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“Al que vive entre dos mundos, le cuesta un poco enderezar el norte, algo así como reencausar su propia corriente para continuar”

La decisión de salir a construir una historia que requiere ser escrita. Darte cuenta de que ya no formas parte del lugar, tiempo y espacio que ocupaste alguna vez. Regresar para enfrentar tu realidad. Los cambios no se hacen esperar, le temes a las antiguas escenas condimentadas con olores o sabores. Es un tiempo nuevo de eso no hay duda. Regresar a esta ciudad en la madrugada perfilaba un contenido especial.

Armarse de valor para descubrir con nuevos ojos, lo que ya conocías. Las comparaciones aparecen ante tus ojos como una lluvia torrencial. La abismal diferencia son conversaciones moduladas, mientras que en el Caribe a esta hora retumbaba en mis oídos una bachata. En Santo Domingo, encontré salsas de moda con sonidos frescos, aunque un poco quemadas por las repeticiones constantes en las emisoras locales. Me detengo a pensar en la inestabilidad de quien emprende aventurarse con las diferencias.

Cuantas opiniones deformadas por los momentos en que estaba alerta pero quizás no era yo. Lo mismo le pasa a mis manos ahora, escribo pero actúan como si no estuviesen aquí. Me encuentro un Santiago renovado, refrescante, yo diría que casi perfecto. Las familias de paseo a cualquier hora, la gente mostrando su amabilidad. La ropa holgada de los jóvenes, esos colores eléctricos que reviven la mirada. Las noches son frescas, son deliciosas y más ahora que traje del mercado frutas de temporada. El verano me está seduciendo con el sabor a menta fresca. El césped de los parques está húmedo, sin embargo, todos se lanzan sobre él, el papa, la mama, el cabro chico, el perro. Todos se tienden sobre la yerba para dormir o para besarse.

Ahora que el sol se oculta más tarde he tenido tiempo para conversar, ensimismarme cuando lo que quiero es estallar. ¡Quiero ser como el verano!.

He comenzado a pensar en el otoño, no puede ser. La osadía de aventurarse a cruzar los puentes puede darnos muchos matices, como me ocurrió hoy en Cal y Canto. La micro me dejó frente al Tirso de Molina, pero en realidad yo quería entrar a la Vega Central, la parte de atrás. Creo sin temor a equivocarme que ese es el recorrido más amado por una servidora. No me contuve, compré un par de objetos para la casa, frutas, hortalizas, vegetales y pescado. Una señora estuvo a punto de pisar un perro que se le puso detrás, un señor me invito a comprar de sus productos, me animé, pero solo compre unos cuantos bajo el argumento de que solo eran para mí, que tanta cantidad se me podía dañar. La gente hoy era distinta, estaba alegre, fresca. La gente se está renovando.

¡Este es el Santiago que me gusta!

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